Martín Mosquera, editor principal de Jacobin América Latina, ha publicado un extenso documento de estrategia, “Cómo derrotar a Milei”, cuyo propósito es aportar una justificación teórica para subordinar a la clase obrera argentina al peronismo y a un “bloque progresista más amplio” de cara a las elecciones de 2027.
Jacobin Magazine es el órgano de prensa semioficial de los Socialistas Demócratas de América (DSA). El DSA es una facción del Partido Demócrata en Estados Unidos. Su ala internacional se afilió formalmente en 2023 al Foro de São Paulo, el bloque regional de partidos chavistas, peronistas y otros partidos burgueses-nacionalistas.
El argumento es el siguiente: la clase obrera argentina ha sufrido una “derrota social” que descarta la revolución. La lucha contra la administración fascistoide del presidente Javier Milei se decidirá, por lo tanto, en el terreno electoral, donde la izquierda debe ofrecerle al peronismo un apoyo “puntual, crítico y delimitado”; y esto exige abandonar toda insistencia “sectaria” en la independencia política de la clase obrera en favor de bloques “unitarios” que incluyan a fuerzas burguesas y reformistas.
En un intento de revestir su posición con credenciales pseudomarxistas, Mosquera falsifica las posiciones de León Trotsky y revive una calumnia de décadas de antigüedad, según la cual Trotsky habría sido “sectario” respecto de Francia y España, con el fin de rehabilitar al Frente Popular. Cada elemento de este argumento es falso.
Mosquera colabora regularmente con International Viewpoint, la publicación de las organizaciones que constituyen los restos del antiguo Secretariado Unificado pablista y, más en general, los desechos del pseudoizquierdismo mundial. Esa publicación, a su vez, lo identifica como miembro de Democracia Socialista, a la que describe como “parte de” la sección pablista en Argentina.
En realidad, forma parte de una agrupación que se autodenomina Poder Popular, unida a tendencias neoguevaristas. Esta exalta el legado de Mario Santucho, quien fusionó brevemente su organización nacionalista pequeñoburguesa con el grupo encabezado por el pablista argentino Nahuel Moreno, antes de seguir la lógica de la línea pablista de liquidación hacia el castrismo y lanzar una lucha guerrillera armada que terminó en una derrota catastrófica, cobrándose la vida de muchos, incluida la suya propia.
Una “derrota social” inventada para desarmar a la clase obrera
La prueba que aporta Mosquera de una “derrota social” en Argentina consiste en una serie de estadísticas: el número más bajo de huelgas en dos décadas (465 conflictos laborales registrados en 2025), un derrumbe del 53 por ciento en los piquetes desde 2023, y lo que él llama la ausencia de “procesos sostenidos de autoorganización en los lugares de trabajo”. Define la derrota social como “la pérdida de capacidad de las clases populares para bloquear ofensivas regresivas que, en otro momento, habrían encontrado una resistencia mucho más intensa”.
“No estamos en los años treinta”, sostiene, y “la revolución está fuera del horizonte político”. De ahí extrae la conclusión de que la valoración positiva en las encuestas de Myriam Bregman, una figura electoral del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), no refleja “una radicalización de masas hacia la izquierda”, sino, según argumenta, solo una simpatía personal entre amplios sectores.
Mosquera lo que presenta es una foto instantánea del ritmo de la lucha, ignorando sus motores subyacentes: la tasa de pobreza repuntó al 31,8 por ciento, los salarios reales han caído entre un 9 y un 13 por ciento bajo Milei, y el gobierno, según la propia descripción del FMI, ha impuesto “el ajuste fiscal más importante de una economía en tiempos de paz”. Ya se han convocado cuatro paros generales contra Milei, a lo que se suman manifestaciones casi semanales de jubilados, la ocupación de la planta de neumáticos FATE e innumerables huelgas combativas en todo el país.
Pero, aún más importante, la crisis argentina no se desarrolla de manera aislada: se está intensificando junto a una oposición de masas contra políticas similares en toda la región y a nivel mundial, incluida una huelga general boliviana de siete semanas. Las guerras en Oriente Próximo y en Europa, la escalada de la agresión estadounidense en América Latina, las guerras comerciales en espiral alimentadas por el nacionalismo económico de Trump, la desaceleración estructural de China, junto con la introducción de la IA, la automatización y otros shocks industriales, están empujando las tensiones de clase a nivel mundial al límite. Argentina no es una excepción a ese proceso, sino una de sus expresiones más agudas.
La brecha que Mosquera identifica entre la popularidad personal de Bregman y las encuestas de intención de voto para la coalición electoral FIT-U, a la que pertenece el PTS, es real, pero su conclusión es incorrecta. Cuando las masas buscan una alternativa a la terapia de choque de Milei, sin poder encontrarla ni en el peronismo ni en una pseudoizquierda electoralmente marginal, no es evidencia de la ausencia de condiciones revolucionarias. Es evidencia, precisamente, de lo que Trotsky identificó en la apertura del Programa de Transición: que “la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria”. La propia receta de Mosquera, la subordinación al peronismo, es una fórmula para prolongar fatalmente esta crisis, en lugar de resolverla.
El resurgimiento del frente popular
Al haber descartado la lucha independiente de la clase obrera por el poder, la conclusión práctica de Mosquera sigue automáticamente: “la disputa por derrotar a Milei se trasladará previsiblemente al terreno electoral”, donde el progresismo “está a la defensiva, intentando evitar lo peor”. Cualquier radicalismo de izquierda sería irresponsable ya que, en sus palabras, “construir una versión de izquierda de esa radicalidad no acerca a la izquierda a las masas; la desconecta de los niveles reales de conciencia y combatividad popular”.
De esta premisa extrae su conclusión clave: “no puede descartarse algún tipo de apoyo puntual, crítico y delimitado a la candidatura que esté en condiciones reales de derrotarla, previsiblemente surgida del peronismo o de un bloque progresista más amplio”. El problema, escribe, es “cómo evitar el aislamiento sectario sin diluir la independencia política, y cómo construir una unidad que acumule fuerza real para derrotar a la reacción”.
Se trata de una propuesta de Frente Popular, adaptada a un período en el que ya no existen los partidos reformistas de masas del siglo XX. La política se reduce a “la acción unitaria, puntual y transitoria, estructurada sobre un objetivo limitado y preciso: cerrarle el paso a la reacción y defender las libertades democráticas amenazadas”. La movilización independiente de la clase obrera para oponerse a decenas de miles de despidos y a una austeridad social draconiana —sin hablar siquiera de su lucha por el poder— no queda simplemente pospuesta. Queda redefinida, de antemano, como sectarismo.
Trotsky contra el Frente Popular: lo que realmente escribió
Para dar respetabilidad a este programa, Mosquera importa la afirmación de Perry Anderson, durante mucho tiempo editor de New Left Review, según la cual Trotsky mostró “flexibilidad” hacia alianzas con sectores no obreros contra el nazismo y durante el episodio de Kornílov de agosto de 1917, pero incurrió en “errores sectarios” al oponerse al Frente Popular en Francia y España. Se trata de una fabricación grotesca.
Esto borra la distinción que Trotsky dedicó años elaborando entre un frente único de las organizaciones obreras para la lucha defensiva, y un gobierno de Frente Popular que subordina políticamente a la clase obrera frente a sus enemigos de clase.
En Alemania, Trotsky llamó a un frente único de los trabajadores comunistas (KPD) y socialdemócratas (SPD) contra los nazis: una acción conjunta entre dos partidos obreros, cada uno conservando su plena independencia política. Nunca propuso un gobierno de coalición con el SPD, ni mucho menos con partidos burgueses. En diciembre de 1931 escribió: “Ninguna plataforma común con la socialdemocracia... ¡Marchar por separado, pero golpear juntos!”. El KPD estalinista rechazó incluso esta unidad mínima, tildando al SPD de “socialfascista”; la clase obrera alemana quedó dividida y aplastada, y Hitler tomó el poder en enero de 1933.
El episodio de Kornílov, que Mosquera cita a través de Anderson como prueba de la supuesta flexibilidad de Trotsky, demuestra en realidad el mismo método que este aplicaría más tarde a Francia. En agosto de 1917, los bolcheviques combatieron el golpe del general Kornílov junto a tropas leales al Gobierno Provisional encabezado por Aleksandr Kerensky, sin otorgarle, sin embargo, ningún apoyo político al propio Kerensky. La instrucción de Lenin, que Trotsky citó en 1931, fue: “Combatiremos contra Kornílov, pero no apoyamos a Kerensky... La distinción es sutil, pero no debe olvidarse”.
Este fue exactamente el enfoque de Trotsky respecto del gobierno de Frente Popular de Léon Blum. No llamó a una oposición frontal; Mosquera cita una carta de junio de 1936 de Trotsky a sus seguidores franceses, en la que preveía que la próxima oleada de acción obrera se dirigiría, con toda probabilidad, no contra Blum, sino contra sus enemigos: las “doscientas familias”, los radicales, el Senado y el Estado Mayor. “No metemos a Léon Blum en el mismo saco que [los fascistas] de Wendel y de La Roque”, escribió, exactamente como los bolcheviques habían distinguido a Kerensky de Kornílov mientras combatían a ambos. Lo que Trotsky combatía era la propia coalición de Frente Popular entre el Partido Socialista de Blum y el Partido Radical: un gobierno subordinado al Partido Radical, el partido del capital francés, cuya función era impedir que la clase obrera usara su propia fuerza para tomar el poder.
Mosquera atribuye a la victoria electoral del Frente Popular en 1936 haber detonado la oleada de huelgas generales francesas que le siguió, así como la movilización paralela en España contra Franco, como prueba de que la “confianza” en las direcciones reformistas puede en sí misma desencadenar la radicalización. El registro histórico dice lo contrario. Las huelgas de junio de 1936 expresaron un ascenso revolucionario que ya venía gestándose desde los disturbios fascistas de febrero de 1934; la función real del Frente Popular, una vez instalado, fue frenar ese ascenso. El dirigente estalinista Maurice Thorez, cuyo Partido Comunista brindaba apoyo externo al Frente Popular, declaró: “Hay que saber terminar una huelga”, mientras se firmaban los acuerdos de Matignon, intercambiando concesiones temporales por el regreso de los trabajadores a las fábricas, concesiones que la burguesía recuperó en menos de dos años.
Trotsky llamó al Frente Popular “una sociedad de seguros para los radicales en quiebra, a costa del capital de las organizaciones obreras”. Para 1938, ese mismo Partido Radical gobernaba por decreto contra la clase obrera; y para 1940, buena parte de él había pasado a Vichy y a la colaboración con las fuerzas de ocupación nazis.
Durante la Revolución española, los obreros y campesinos tomaron las armas, colectivizaron la tierra y las fábricas y construyeron milicias, no porque el Frente Popular —integrado por los socialistas, el PC estalinista y los republicanos— hubiera ganado las elecciones de 1936, sino porque comprendieron, correctamente, que una victoria fascista significaba su aniquilación. La revolución social en desarrollo fue, de hecho, estrangulada sistemáticamente por el gobierno de Frente Popular, bajo dirección estalinista: desarmando a las milicias, restaurando las relaciones de propiedad burguesas y liquidando físicamente a revolucionarios y centristas, en particular en el POUM. El veredicto de Trotsky en diciembre de 1937 fue tajante: “El triunfo será o de la revolución socialista o del fascismo”. Eso no era sectarismo, sino una predicción confirmada con la toma del poder por Franco en 1939.
¿Radicalización a través de la “confianza” ?
El núcleo teórico del argumento de Mosquera es la afirmación de que “en muchas ocasiones, las masas no se radicalizan a pesar de confiar en las direcciones reformistas, sino a través de esa confianza”: que la movilización popular suele comenzar solo cuando amplios sectores perciben una fuerza política capaz de traducir sus demandas en resultados concretos.
Esto invierte el registro histórico examinado más arriba. La clase obrera tomó el poder en octubre de 1917 únicamente porque había roto políticamente con Kerensky y se había puesto bajo la dirección del Partido Bolchevique. La confianza en las direcciones reformistas y estalinistas no produjo una victoria revolucionaria, sino una derrota catastrófica: los trabajadores alemanes confiaron en el SPD y el KPD, y triunfó Hitler; la oleada de huelgas independiente que habían construido los trabajadores franceses fue desmovilizada por el mismo gobierno que acababan de elegir; la revolución española fue estrangulada por el Frente Popular.
En cada caso, la propia acción independiente de la clase obrera expresó y retroalimentó su radicalización, pero solo en Rusia contaba la clase obrera con el partido político necesario para conducirla al poder. La confianza en Blum no fue la causa de las huelgas de junio de 1936; lo fueron las condiciones sociales intolerables y la confianza en su propia fuerza colectiva. Esto no es una distinción escolástica. Determina si un partido prepara a la clase obrera para luchar de manera independiente por el poder, o si se posiciona, como hace Mosquera, para gestionar la decepción cuando las direcciones en las que aconsejó confiar traicionen a los trabajadores una vez más.
Las tareas que esta falsificación evade
Los propios ejemplos de Mosquera confirman lo que él niega. Cita, con aprobación, la coalición entre el presidente Lula da Silva (Partido de los Trabajadores, PT) y el vicepresidente Geraldo Alckmin (exgobernador derechista de São Paulo) en Brasil, y el Nuevo Frente Popular en Francia, como modelos de bloques “unitarios y transitorios” que frenaron a la extrema derecha sin disolver a la izquierda en su interior. Pero Lula ha pasado tres años imponiendo medidas de disciplina fiscal y la “flexibilización” laboral que exige la burguesía internacional, mientras que el propio bloque parlamentario del NFP entregó la presidencia de la Asamblea Nacional francesa a un fiel de Emmanuel Macron, el “presidente de los ricos”, a pocas semanas de su fundación.
La misma operación se está preparando ahora para Argentina, y se está preparando desde dos direcciones a la vez. La tesis de la “derrota social” de Jacobin y la propia versión del FIT-U del “frente único” con los peronistas en los sindicatos y, cada vez más, en el Congreso, llegan a conclusiones funcionalmente idénticas por caminos distintos.
Jacobin afirma abiertamente que las masas se radicalizan “a través de la confianza” en las direcciones reformistas, por lo que la izquierda debe trabajar a través de y dentro de un amplio frente electoral con el peronismo. El PTS morenista dice lo mismo en un lenguaje de apariencia más combativa: la tarea no sería ganar a la clase obrera a la política revolucionaria contra el peronismo y la burocracia sindical, sino construir organismos permanentes en los que peronistas, independientes y aquellos de inclinación revolucionaria luchen “juntos”, bajo la premisa de que la clarificación programática puede esperar indefinidamente. Ambas posiciones convergen en su oposición a abordar la misma tarea esencial: la construcción de un partido revolucionario independiente que luche por la independencia política de la clase obrera.
Esta convergencia no es accidental. Tiene un contenido de clase definido. Como ha explicado el WSWS, la pseudoizquierda no es un ala del movimiento socialista que haya cometido errores tácticos. Es la expresión política de una capa privilegiada de clase media-alta, hostil al marxismo y al movimiento revolucionario independiente de la clase obrera. Su posición material está ligada al aparato parlamentario, la burocracia sindical, las universidades y ciertas profesiones. Su función histórica es la de reconducir los movimientos de protesta social de vuelta hacia los confines seguros de las instituciones del dominio burgués, revestida alternativamente con el lenguaje de la política identitaria, el reformismo nacional o el electoralismo “de izquierda”.
Mosquera, docente de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, otros colaboradores de Jacobin y la dirección del PTS provienen abrumadoramente del mismo ámbito académico y profesional, ocupando posiciones contiguas dentro de esa misma capa social. La afinidad no es meramente social: como ha documentado el WSWS, el propio consejo editorial de Jacobin América Latina incluye a funcionarios gubernamentales latinoamericanos en ejercicio y exfuncionarios, lo cual le da al “bloque progresista más amplio” propuesto por Mosquera una dirección concreta y ya existente.
Las disputas entre estas fuerzas son una riña de familia sobre cuál es la mejor manera de administrar —no de derrocar— la crisis del capitalismo argentino para asegurar sus privilegios sociales, ya sea mediante un bloque electoral abierto con el peronismo o mediante un “frente único” que resguarde la autoridad de la burocracia sindical peronista sobre los trabajadores.
Lo que falta es el partido revolucionario que Trotsky dedicó su vida a construir precisamente contra este tipo de cubierta “de izquierda” para el dominio capitalista. Obstruir la construcción de ese partido es la función real que comparten tanto el apoyo abierto de Jacobin al peronismo como el centrismo del PTS. Solo el Comité Internacional de la Cuarta Internacional lucha por construirlo en Argentina y a nivel internacional.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 25 de julio de 2026).
