La FIFA y sus socios multimillonarios neoyorquinos reescribieron las reglas para subordinar la Copa del Mundo por completo al lucro. La narrativa sensacionalista se escribe sola: malos perdedores. No es una buena imagen, pero no es nada que el fútbol no haya visto muchas veces.
Lo que ningún editorial analizará es el origen de tanta furia: el frenesí nacionalista avivado durante meses por gobiernos y medios de comunicación de todos los bandos, que tienen un interés directo en enfrentar a los trabajadores entre sí según líneas nacionales. Cuando Donald Trump apareció en las pantallas del estadio, decenas de miles de espectadores lo abuchearon. El espectáculo del medio tiempo, con Madonna, Bieber, Shakira, Burna Boy y BTS, casi eclipsó la final. En lo que solo puede describirse como un gesto de hipocresía asombrosa —sin culpa de los artistas—, cantaron junto a niños por la paz mundial mientras el anfitrión del torneo observaba desde un palco de lujo protegido por cristales antibalas. Trump escuchaba las canciones mientras planeaba la siguiente ronda de bombardeos contra Irán y respaldaba el asesinato y la hambruna de niños en Gaza por parte del régimen de Netanyahu.
En menos de 24 horas, los medios españoles utilizaron inteligencia artificial para eliminar a Trump de la fotografía con el capitán del equipo español, Rodri, levantando el trofeo. Días después, Trump anunció aranceles que equivalían a una guerra económica contra una gran parte de los países cuyos equipos acababan de competir, incluidos los coanfitriones, Canadá y México.
Copa Mundial 2026: convirtiendo el “jogo bonito” en un negocio multimillonario dirigido por jefes de la mafia
El torneo, celebrado en México, Estados Unidos y Canadá, con la mayoría de los partidos en Estados Unidos, fue organizado por la FIFA y sus socios milmillonarios neoyorquinos, quienes reescribieron las reglas para subordinarlo por completo al lucro. En gran medida lo lograron. Según ellos, fue un triunfo: The Guardian informó de ingresos récord de US$ 15.000 millones, superando con creces los US$ 7.500 millones de dólares de Qatar 2022.
El Mundial de 2026 marcó una escalada cualitativa en la degradación del deporte por el capitalismo. Se impusieron pausas de hidratación de cinco minutos en cada tiempo, no por la seguridad de los jugadores, sino para vender anuncios. La FIFA amplió el torneo de 64 a 104 partidos, un aumento del 62,5 por ciento, exprimiendo más espacios televisivos y más ingresos publicitarios a costa de los jugadores.
En consonancia con la mentalidad individualista del capital estadounidense, este Mundial giró en torno a Messi, no a Argentina; Mbappé, no a Francia; Cristiano Ronaldo, no a Portugal; Haaland, no a Noruega. El motivo era el marketing: miles de millones en ingresos publicitarios. Los equipos ahora cambian de camiseta anualmente, intentando atraer a los niños de clase trabajadora para que compren sin cesar. Un deporte nacido en las calles y las fábricas se ha vuelto inaccesible para la clase trabajadora que lo ama.
El trofeo llegó dentro de un baúl fabricado por Louis Vuitton, la casa de moda de lujo cuyos bolsos llenan los vitrinas de la Quinta Avenida en Nueva York y los Campos Elíseos en París. El deporte de los pobres del mundo se presentó con el envoltorio de los superricos.
La intervención ilegal del presidente fascista Donald Trump, exigiendo al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, que anulara la tarjeta roja mostrada al delantero estadounidense Folarin Balogun —que conlleva una suspensión automática—, fue un flagrante abuso del poder estatal en favor del equipo del país anfitrión. La FIFA cedió. Nada ilustra mejor la fusión del organismo rector del deporte con el Estado estadounidense y los milmillonarios que lo dirigen.
Precios dinámicos y el culto a la estrella
Los precios dinámicos, impuestos por el capital estadounidense, demostraron ser una herramienta crucial para obtener el máximo beneficio del torneo, dejando a la gran mayoría de los aficionados fuera de los estadios. Para Sudáfrica 2010, la FIFA fijó el precio más barato de la entrada para la final en US$ 100 para los nacionales. Para Catar 2022, el mínimo subió a US$ 200 dólares. Para el torneo recién concluido, se disparó un 900 por ciento, hasta los US$ 2.030. Sin embargo, incluso esta cifra palidece en comparación con los precios de reventa: los más baratos oscilan entre los US$ 7.000 y los US$ 10.000, y los más caros entre los US$ 35.000 y US$ 39.000. “Los paquetes de hospitalidad oficiales superaron los U$ 57.000. En casos extremos, las ofertas alcanzaron los US$ 575.000 e incluso millones por asientos premium”, informa CNN en Español.
El centro financiero del torneo era la ciudad de Nueva York, que ostenta la mayor concentración de milmillonarios del mundo y alberga las oficinas de los socios corporativos de la FIFA.
La frustración de los hinchas argentinos es comprensible, pero debe analizarse en su contexto: se esperaba que un cuarto título le proporcionara a Milei una vía de escape para seguir empobreciendo a las masas. Cuando la clase dominante se ve acorralada, recurre al nacionalismo fanático para embrutecer a los explotados. Los milmillonarios que apoyan al presidente estadounidense también tenían interés en una victoria argentina, lo que facilitó que su presidente fascista, Javier Milei, y sus cómplices de ultraderecha se alinearan con Washington en sus preparativos bélicos contra China.
La cruda realidad en Argentina: El país ha sido brutalmente empobrecida por las políticas de austeridad de Milei, impuestas bajo los dictados del FMI. El desempleo ha alcanzado el 7,8 por ciento. El salario promedio apenas cubre el 72,1 por ciento de la canasta básica total. Dos de cada cinco trabajadores laboran en la economía informal en situación de pobreza extrema. Cerca del 80 por ciento de los empleados ganaban menos de 1.500.000 pesos al mes, por debajo de la Canasta Básica Total de bienes y servicios esenciales.
Messi es consciente del sufrimiento de sus compatriotas. Declaró:
Para nosotros, los Mundiales son especiales: nos hacen olvidar todo lo malo que hemos tenido que pasar. Hay gente que lo está pasando mal. Como dices, gente sin trabajo, que no llega a fin de mes, que lucha cada día.
El entrevistador de Messi, sorprendido, lo reprendió: “¡Ahora sí que es Maradona!”, refiriéndose a la antigua estrella del fútbol argentino, conocido por defender a Cuba del embargo criminal estadounidense y a Palestina. El entrevistador se opuso a la protesta de Messi y defendió la pobreza impuesta por el fascista Milei, acusando a Messi y a sus compañeros de ser millonarios sin compromiso político.
Lo que el capitalismo desperdicia
La mayoría de los genios del fútbol se forjaron en la pobreza. Maradona compartía una habitación de 4x4 metros con siete hermanos. El padre de Di María vendía carbón para sobrevivir. Pelé jugaba descalzo con una pelota hecha de trapos y calcetines. Ronaldo Nazário llegó a las calles de Río a los 13 años a jugar por cuando su padre abandonó a la familia. La madre de Cristiano Ronaldo era cocinera y su padre jardinero en Madeira. Mohamed Salah surgió de una humilde aldea del delta del Nilo. Samuel Eto'o pateó un coco durante años en Camerún. La lista es interminable. El capitalismo saquea el talento que producen las masas oprimidas y luego se lo vende a ellas con un margen de beneficio enorme.
Estos futbolistas no son meros atletas con gran físico. Los psicólogos identifican una mente superior: alta inteligencia cognitiva, extraordinaria visión espacial, capacidad para procesar millones de datos por segundo y tomar decisiones perfectas en milisegundos.
Einstein no se consideraba un gran matemático. La Relatividad General comenzó como un experimento mental. Para traducir su visión espacial en ecuaciones, necesitó matemáticos, principalmente Marcel Grossmann. Su pensamiento era visual, impulsado por la curiosidad y la perseverancia, rasgos que comparten los genios del fútbol.
La lucha que se avecina
El Mundial de 2026 concluyó con el avasallador triunfo de España y con la lección de que nada dura para siempre cuando la edad impone sus límites. La FIFA y sus mecenas milmillonarios consiguieron los miles de millones de dolores que deseaban.
La misma oligarquía que ha logrado convertir el fútbol en una fuente de megaganancias está empujando a la humanidad a una guerra mundial. En este ámbito, no se tratará de miles de millones de dólares, sino de miles de millones de muertos.
No es un balón lo que unirá al mundo, como afirman cínicamente los organizadores. Lo que se necesita es la abolición del capitalismo y su sustitución por el socialismo mundial: producción para satisfacer las necesidades humanas, donde la educación, la sanidad, la vivienda, la alimentación y a recreación se conviertan en derechos inalienables, y todo ser humano pueda prosperar en el deporte, las artes y la ciencia.
Algo de ese futuro se vislumbró en el terreno de juego. La revelación más maravillosa del torneo provino de África: un verdadero placer ver a Ghana, Cabo Verde, Costa de Marfil, Marruecos y Egipto compitiendo en igualdad de condiciones con los gigantes de Europa y Sudamérica. El talento está presente en todas partes; solo se acaparan los medios para desarrollarlo. Bajo el socialismo, esto no será ninguna novedad. Será la norma.
La conclusión no es que los futbolistas sean fenómenos excepcionales de la naturaleza. Es que el capitalismo reprime el potencial creativo e intelectual de todo ser humano y permite que unos pocos desarrollen únicamente aquello que puede monetizarse. Los 15.000 millones de dólares y el baúl Louis Vuitton no son, como afirma la FIFA, el medio por el cual se “financia” la pasión de la gente. Son el mecanismo mediante el cual el deporte es secuestrado de quienes lo crearon, y a través del cual se impide a la sociedad elevarlo —junto con el arte y la ciencia— al nivel del que la humanidad es capaz.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 27 de julio de 2026)
