La guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá escaló bruscamente esta semana. El martes, el presidente estadounidense, Donald Trump, anunció prohibiciones a la importación de varios productos canadienses, apenas horas después de que entraran en vigor los aranceles “de represalia” canadienses sobre 20.000 millones de dólares en bienes estadounidenses.
El mes pasado, el primer ministro canadiense, Mark Carney, declaró que el país estaba en “guerra”, después de que colapsaran las negociaciones comerciales y Trump desatara una nueva ronda de aranceles del 50 por ciento sobre una amplia gama de exportaciones canadienses.
Ottawa ha acusado a Trump y a sus secuaces de exigir que Canadá renuncie, en la práctica, a atributos clave de un Estado independiente. Esto incluyó insistir, apenas horas antes del plazo de medianoche del 22 de agosto para un nuevo acuerdo comercial, en que Canadá le cediera a Washington el poder de veto sobre cualquier futuro acuerdo comercial con un tercer país, además de un acceso privilegiado a la energía canadiense y a otros recursos críticos, y un “derecho” exclusivo a cambiar a voluntad las tasas arancelarias sobre productos clave.
Después de que Carney anunciara los aranceles “de represalia” que entraron en vigor esta semana, Trump fue un paso más allá, prometiendo a fines del mes pasado duplicar, al 50 por ciento, el arancel actual del 25 por ciento sobre las importaciones de automóviles, a partir del 1 de enero próximo.
Las nuevas prohibiciones y aranceles que Trump anunció esta semana, y que entrarán en vigor el 29 de septiembre, afectan a una cifra relativamente modesta de 1.000 millones de dólares en importaciones canadienses. Pero llegan después de una serie de acciones comerciales, amenazas y provocaciones, todas destinadas a cumplir la amenaza del aspirante a dictador estadounidense de usar la “fuerza económica” para hundir la economía canadiense.
Trump se refirió burlonamente al primer ministro de Canadá como el “gobernador Carney” en una publicación en redes sociales. Ha amenazado explícitamente a los productores de petróleo canadienses con lo sucedido en Venezuela, cuyo petróleo, al modo de una colonia estadounidense, ha quedado bajo el control de Washington, tras la invasión estadounidense de enero pasado y el secuestro del presidente Nicolás Maduro.
El colapso de las relaciones entre las que, hace apenas unos años, eran posiblemente las dos potencias imperialistas más estrechamente alineadas del mundo va mucho más allá de las agudas divergencias comerciales. Para Trump, se trata de establecer un dominio imperialista estadounidense sin trabas sobre todo el hemisferio, subordinando a Canadá al estatus de vasallo, o incluso anexándolo como el estado número 51, tomando el control de Groenlandia, intimidando a México e imponiendo un “cambio de régimen” en Cuba. Esta agenda fue elaborada en la Estrategia de Seguridad Nacional del año pasado, y la Casa Blanca la ha bautizado como la “Doctrina Donroe”.
Carney reconoció esta realidad en un discurso publicado en línea el martes, en el cual declaró que Washington estaba decidido a “quebrarnos para poseernos” y hacer a Canadá “dependiente”. Arremetió contra 160 años de “expansionismo estadounidense”, al que dijo que Canadá había resistido desde la Confederación de 1867, y afirmó que esta no era la primera vez que EE.UU. buscaba la “anexión” de Canadá.
Los designios expansionistas de Trump están fuera de toda discusión. Sus métodos se asemejan a los del régimen nazi de Hitler en la década de 1930, mientras se preparaba para la Segunda Guerra Mundial consolidando el control sobre su “vecindario cercano”: primero, a través del “Anschluss” (anexión) de Austria al Reich alemán, y luego, el desmembramiento y la toma de Checoslovaquia.
El resurgimiento de esta anarquía en las relaciones interestatales surge del colapso total del orden de posguerra, expresado con la mayor claridad en el precipitado declive económico del imperialismo estadounidense, que Trump intenta compensar desesperadamente con su programa fascista de “Estados Unidos Primero”, de guerra comercial y conquista militar. La insistencia de la Doctrina Donroe en un “derecho” estadounidense a excluir de las Américas a todos los rivales de ultramar, y a establecer un control imperialista estadounidense sin restricciones sobre el hemisferio occidental, es un peldaño crítico hacia el conflicto entre grandes potencias, sobre todo con China.
El imperialismo estadounidense desempeña el papel más agresivo en una tercera guerra mundial que se acelera rápidamente y amenaza la propia supervivencia de la humanidad. Treinta y cinco años de ininterrumpidas guerras de agresión estadounidenses han hecho metástasis hasta convertirse en una guerra mundial con frentes entrelazados: desde la guerra contra Rusia en Ucrania, hasta la guerra de exterminio de Trump contra Irán, dirigida a reorganizar Oriente Próximo, y los avanzados preparativos de guerra contra China en Asia-Pacífico.
Pero la agresión del imperialismo estadounidense no puede combatirse alineándose con ninguno de sus rivales imperialistas, ni con una coalición de ellos. La guerra comercial entre EE.UU. y Canadá es un conflicto reaccionario entre dos potencias imperialistas que buscan desesperadamente asegurar sus intereses, en una lucha por el control de los recursos, los mercados, las redes de producción y las rutas comerciales.
El propio imperialismo canadiense es protagonista de esta lucha y se está rearmando rápidamente. Se opone a Trump —como dejan claro los repetidos llamados de Carney a una nueva “asociación” entre Canadá y EE.UU.— únicamente porque Washington se niega a reconocer su derecho “soberano” a la mayor parte de las ganancias derivadas de la explotación de los trabajadores y los abundantes recursos del país, y a otorgarle un acceso privilegiado al mercado estadounidense.
El gobierno liberal de Carney ha abrazado políticas que el propio Trump aplaudiría: la adquisición de nuevas flotas de cazas, buques de guerra y submarinos de ataque, la abrogación virtual del derecho de huelga, la entrega de refugiados a los fascistoides agentes de ICE, y la austeridad en el gasto público.
Carney y varios ministros de alto rango sostendrán una “conferencia de inversión” de alto nivel en Toronto, el 14 y 15 de septiembre, con el objetivo de atraer capital extranjero hacia los puertos y aeropuertos del país, la energía y los minerales críticos, y el sector de producción militar en rápida expansión. Entre los buitres del mundo que descienden sobre la capital financiera de Canadá, por invitación de Carney, se encuentran altos ejecutivos de BlackRock, Blackstone, Barclays PLC. y más de 100 otras firmas de inversión y fondos soberanos de riqueza. Carney intentará seducirlos con promesas de convertir a Canadá en “el mejor lugar del mundo para invertir”, a través de una batería de medidas dirigidas a intensificar la explotación de los trabajadores, desde recortes fiscales masivos hasta la privatización y la desregulación.
Inmediatamente después de la conferencia de inversión, Carney viajará a Europa para el discurso “Estado de la Unión” de la presidenta de la Comisión de la Unión Europea, Ursula von der Leyen. Según Bloomberg, Carney discutirá “una nueva relación integral, que abarcará desde el comercio hasta la seguridad”. En su discurso del martes, Carney se jactó del éxito de Marconi Technologies, una firma con sede en Montreal que se convirtió en la primera empresa no perteneciente a la UE en asegurar un contrato bajo el programa de rearme SAFE (Acción de Seguridad para Europa) de 800.000 millones de euros de la UE.
En los últimos 18 meses, el imperialismo canadiense se ha acercado a las potencias europeas, sobre la base del apoyo total de Ottawa a la escalada de la guerra contra Rusia en Ucrania, instigada por la OTAN, y de su interés conjunto en intentar desarrollar las capacidades militares para actuar con independencia de Washington, e incluso contra él, con el fin de asegurar sus propios intereses imperialistas respectivos.
Esto ha ocurrido en condiciones de un colapso fundamental en las relaciones transatlánticas, sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, sacando a la luz antagonismos interimperialistas que durante mucho tiempo habían estado latentes bajo la superficie de las relaciones internacionales. Mientras Trump ha intentado cerrar un acuerdo con el presidente ruso Putin, para asegurar el acceso estadounidense a las materias primas y la mano de obra barata de Rusia, a costa de Europa y Canadá, Carney y sus aliados europeos han estado a la vanguardia de una provocación temeraria tras otra, para expandir la guerra e infligirle una derrota a Rusia, con el fin de subordinarla a un estatus semicolonial. Más allá de los miles de millones en ayuda militar y financiera que Ottawa le ha proporcionado al régimen de Kiev, el imperialismo canadiense también ha hecho una contribución especial en el frente ideológico, debido a su larga historia de cultivar y desplegar el nacionalismo ucraniano de extrema derecha en aras de sus propios intereses.
La clase obrera de todos los países paga el precio de la escalada enloquecida de la guerra mundial y del giro hacia la guerra comercial por parte de las potencias imperialistas. En EE.UU., la guerra de Trump contra Irán, la guerra comercial con Canadá y el impulso por erigir una dictadura fascista amenazan millones de empleos, incrementos agudos al ya elevado costo de vida de los trabajadores, y los derechos democráticos y sociales de los trabajadores. En Canadá, los “aranceles de represalia” de Carney agravarán una inflación ya en aumento y pondrán en riesgo empleos en la manufactura y otros sectores dependientes del comercio transfronterizo, mientras su oferta a nuevos inversores extranjeros y a una cadena de suministro militar autosuficiente exige una intensificación de la explotación de los trabajadores.
Estas condiciones ya han producido un auge de la oposición de la clase obrera, que debe unificarse más allá de las fronteras nacionales para rechazar la guerra comercial y la guerra imperialista. La huelga de más de 1.200 trabajadores de National Steel Car en Hamilton, Ontario, así como el rechazo de numerosos contratos recomendados por el United Auto Workers por parte de los trabajadores automotrices en EE.UU., demuestran que existe una base para unir a los trabajadores estadounidenses y canadienses en oposición a ambos gobiernos y a sus agendas de guerra y austeridad.
El principal obstáculo para esto son las burocracias sindicales nacionalistas. Mientras el UAW elogia los aranceles de la guerra comercial de Trump como un beneficio para los trabajadores estadounidenses, los sindicatos en Canadá le dicen a la clase obrera que se una en el “Equipo Canadá” con Carney, los 89 milmillonarios del país, las corporaciones y todos los partidos políticos, desde el socialdemócrata NDP hasta los conservadores de extrema derecha.
La tarea urgente es revivir las largas tradiciones de lucha conjunta entre los trabajadores estadounidenses y canadienses, que se remontan al movimiento por la jornada de ocho horas en el siglo XIX y a la construcción de los sindicatos industriales en la década de 1930, e infundirles un contenido socialista nuevo y superior. La única alternativa a la intensificación de los antagonismos interimperialistas y la guerra mundial es la lucha por la transformación socialista de la sociedad. Como subrayó David North en su informe inaugural ante el Noveno Congreso del Partido Socialista por la Igualdad (EE.UU.):
La guerra mundial que hoy se extiende por cinco continentes eleva al nivel más alto la lucha histórica de esta época: entre la guerra imperialista global y la revolución mundial, entre el impulso del imperialismo por organizar y subyugar a la Tierra y el esfuerzo cada vez más consciente de la clase obrera internacional por derrocar el orden social que produce la redivisión por parte del imperialismo.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 09/09/2026).
