Una entrevista que el ministro de Relaciones Exteriores, Johann Wadephul (CDU), concedió al periódico Bild el 8 de septiembre pone de relieve la agresividad con la que el gobierno alemán está impulsando su línea belicista contra Rusia. Con notable franqueza, Wadephul vincula la escalada militar en Ucrania con los intereses lucrativos de la industria armamentística alemana y el regreso a Ucrania de los refugiados ucranianos en edad militar.
En cuanto a la ayuda militar alemana para Kiev, Wadephul declara: “Ahora somos el mayor aliado de Ucrania en lo que respecta al apoyo financiero y militar”. De ahí dedujo el derecho de las empresas armamentísticas alemanas a obtener contratos lucrativos: “Y, naturalmente, debe ser así que la industria de defensa alemana se beneficie de esto”. Durante su última visita, le había dicho personalmente al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky que las empresas de defensa alemanas “también deben participar” en las medidas de adquisición.
Wadephul tampoco se detuvo ahí. Se quejó de que Berlín “no estaba del todo satisfecho” con el volumen de pedidos ucranianos realizados en Alemania. Por lo tanto, el gobierno alemán había instado explícitamente a Kiev a “asegurarse de que esto mejore”. El supuesto “apoyo” desinteresado a Ucrania es así descrito por un representante del gobierno alemán tal como es: un instrumento de la política económica y de gran potencia alemana.
En la misma entrevista, Wadephul respalda la exigencia del líder de la CSU, Markus Söder, de inducir a los hombres ucranianos en edad militar a regresar a Ucrania. El gobierno alemán incluso podría ayudar a Kiev a localizarlos: “Sabemos quién vive aquí”, explica Wadephul, refiriéndose a los datos sobre beneficiarios de prestaciones sociales, estado de registro y permisos de residencia. Sobre esta base, el gobierno ucraniano podría ponerse en contacto con estos hombres “para informarles que serán convocados”.
La afirmación de Wadephul de que esto debería ocurrir “sin coacción” solo sirve para ocultar el carácter brutal de su anuncio. El ministro de Relaciones Exteriores aboga por poner a disposición del Estado ucraniano los datos de registro alemanes y la información sobre la situación de residencia de los refugiados ucranianos para su movilización. Mientras las empresas armamentistas alemanas se benefician de la guerra, los trabajadores y jóvenes ucranianos que huyeron a Alemania a causa de la guerra serán enviados de regreso al frente como carne de cañón.
La lógica de clase de la guerra se manifiesta abiertamente en estas declaraciones. En la cima, las empresas armamentistas alemanas se beneficiarán “naturalmente” de los miles de millones gastados en la guerra; en la base, los trabajadores y jóvenes ucranianos deberán pagarlo con sus vidas en el frente.
La misma lógica se aplica en Alemania. Mientras que Rheinmetall y otras empresas armamentistas reciben un sinfín de nuevos contratos importantes, los trabajadores deben financiar el rearme mediante recortes sociales, mayores contribuciones y salarios reales en descenso, mientras que una nueva generación es movilizada para la Bundeswehr y para una guerra total contra Rusia.
La guerra no es una “guerra defensiva” por la “libertad” y la “democracia” en beneficio de la población, sino una guerra de clases en beneficio de las élites gobernantes: las ganancias y los intereses geopolíticos de las corporaciones y del imperialismo alemán se pagan con miles de millones de las arcas públicas y con las vidas de los trabajadores y los jóvenes, y conducen inevitablemente a una catástrofe a escala europea.
Las declaraciones de Wadephul sobre una mayor escalada contra Rusia son particularmente provocativas. El ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, había descrito las últimas medidas alemanas —incluido el cierre del Consulado General de Rusia en Bonn y de la Casa de Rusia en Berlín— como el “comienzo de una guerra real”. Wadephul hizo caso omiso de la advertencia: “Sabemos muy bien, y por supuesto que Serguéi Lavrov también lo sabe, que Rusia fue la responsable de lo ocurrido en Leipzig”.
De hecho, hasta la fecha el gobierno alemán no ha presentado ninguna prueba verificable públicamente de que Rusia estuviera detrás del incidente con el dron en el aeropuerto de Leipzig el 4 de agosto. El ministro del Interior, Alexander Dobrindt, se limitó a referirse en términos generales a las investigaciones y a los hallazgos de inteligencia, así como a supuestas similitudes en los componentes, los explosivos y la tecnología de ignición con operaciones anteriores. Sin embargo, el canciller Merz declaró, incluso antes de la “atribución” oficial, que Rusia era responsable y amenazó: “Pagarán por esto”.
Las medidas anunciadas en respuesta van mucho más allá de una protesta diplomática. Además de cerrar instituciones rusas, Berlín está endureciendo las normas de entrada, aumentando la presión sobre los barcos rusos de la llamada “flota fantasma” y presionando dentro de la UE para que se adopten nuevas medidas contra Moscú.
Es significativo que el gobierno alemán haya anunciado su escalada precisamente el 1 de septiembre: el 87.º aniversario de la invasión alemana de Polonia y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. En aquel entonces, los nazis escenificaron el supuesto ataque polaco a la estación de radio de Gleiwitz con el fin de presentar su asalto, preparado desde hacía tiempo, como una medida defensiva. Ahora, el gobierno alemán recurre una vez más a métodos políticos similares: una acusación sin pruebas se presenta como un hecho incontrovertible y se utiliza para justificar medidas de escalada preparadas desde hace tiempo.
De este modo, Berlín está creando, paso a paso, una situación en la que cualquier provocación, error de cálculo o confrontación militar puede desencadenar una guerra abierta entre la OTAN y Rusia, que cuenta con armas nucleares.
Este rumbo forma parte de una oscura continuidad histórica. Por tercera vez en poco más de un siglo, el imperialismo alemán está dirigiendo su ofensiva estratégica hacia el este y contra Rusia. En la Primera Guerra Mundial, el Kaiserreich buscó someter a Europa del Este y a gran parte del Imperio ruso a su dominación económica y política. En la Segunda Guerra Mundial, los nazis continuaron con esto en forma de una guerra racista de exterminio.
El 22 de junio de 1941, más de 3 millones de soldados alemanes invadieron la Unión Soviética. La guerra tenía como objetivo conquistar vastos territorios, controlar las materias primas, esclavizar y exterminar a grupos enteros de la población y destruir la Unión Soviética. Al menos 27 millones de ciudadanos soviéticos perdieron la vida. Millones de judíos fueron asesinados en el Holocausto.
Hoy en día, las mismas contradicciones fundamentales del sistema mundial capitalista están resurgiendo una vez más, y con ellas las ambiciones de gran potencia del imperialismo alemán. Con el estacionamiento permanente de una brigada de tanques de varios miles de efectivos en Lituania, los tanques y soldados alemanes se encuentran nuevamente en las inmediaciones de Rusia y Bielorrusia. La nueva estrategia militar alemana define a Rusia como el principal adversario, se está convirtiendo a la Bundeswehr (Fuerzas Armadas) en el “ejército convencional más fuerte de Europa” y se está poniendo a toda la sociedad en pie de guerra en el marco de la “defensa integral”.
El hecho de que Wadephul haya concedido su entrevista al mismo tiempo que se llevaba a cabo el debate general sobre el presupuesto federal pone de relieve esta conexión. Para 2027, el gobierno alemán tiene previsto un gasto en defensa de casi 152 mil millones de euros, una cifra sin precedentes en la historia de la República Federal. Casi 110 mil millones de euros se destinan al presupuesto militar ordinario y casi 30 mil millones de euros al “fondo especial para la Bundeswehr”. Además, se han reservado 11.6 mil millones de euros para armas y equipo para Ucrania, fuera del presupuesto de defensa.
El ministro de Defensa, Boris Pistorius (SPD), explicó en su discurso sobre el presupuesto a dónde se dirigen esos miles de millones y para qué sirven. La guerra en Ucrania le estaba brindando a la Bundeswehr “lecciones importantes” —declaró—. Necesitaba tanques modernos, artillería, fragatas y defensa aérea, así como miles de los llamados sistemas de municiones de vuelo prolongado, drones, sistemas de mando con inteligencia artificial y una “densa red de satélites”. Con el sistema Uranos AI y los aviones de combate F-35, se daría el “próximo salto tecnológico”. Uranos AI está diseñado explícitamente para monitorear grandes áreas en el flanco oriental de la OTAN y, en un primer momento, está destinado a equipar a la brigada en Lituania.
Los principales medios de comunicación están asumiendo la tarea de preparar ideológicamente a la población para este rumbo bélico. La edición actual de Der Spiegel lleva por título: “Somos el blanco diario de la guerra híbrida: la agresión de Rusia y la respuesta de Alemania”. En su editorial, el editor en jefe Dirk Kurbjuweit nombra abiertamente al enemigo: “Rusia es el enemigo de Alemania”. Se trata, escribe, de una “frase amarga e infinitamente triste”, pero debe ser pronunciada “para que todos puedan adaptarse a la situación”.
Es significativo que sea precisamente Kurbjuweit quien encabece esta campaña. En febrero de 2014, apenas unos días después de que el entonces gobierno alemán proclamara el fin de la moderación militar en la Conferencia de Seguridad de Múnich y poco antes del derrocamiento en Kiev, Der Spiegel publicó un artículo programático sobre la revisión de la historia alemana bajo el título «La transformación del pasado». El número planteaba explícitamente la cuestión de la culpa alemana por las dos guerras mundiales.
En él, Kurbjuweit le dio un amplio espacio a Ernst Nolte, quien había relativizado el nacionalsocialismo como una reacción al bolchevismo y, con ello, desencadenó la Historikerstreit. Aunque el propio Kurbjuweit admitió que la afirmación de Nolte sobre una supuesta “participación judía en el Gulag” había sido durante mucho tiempo un argumento utilizado por los antisemitas, declaró: “Pero este hombre no se equivocaba en todo”. Kurbjuweit citó al historiador berlinés y partidario de Nolte, Jörg Baberowski, con las notorias palabras: «Hitler no era un psicópata, no era cruel».
En ese momento, el Partido Socialista por la Igualdad advirtió que el regreso del militarismo alemán estaba indisolublemente ligado al encubrimiento de los crímenes históricos del imperialismo alemán. Doce años después, la importancia de esta advertencia se vuelve cada vez más clara. Alemania se está rearmando para convertirse en la potencia militar más fuerte de Europa, vuelve a estacionar unidades de combate alemanas en el Este, produce armas para ataques en lo profundo del territorio ruso, moviliza a los jóvenes para el ejército, declara abiertamente a Rusia como enemigo y arma y financia a un régimen en Kiev que celebra a colaboradores nazis ucranianos como Stepan Bandera como héroes nacionales.
El resurgimiento del fascismo y la escalada de la guerra no pueden detenerse con llamamientos a Merz, Wadephul, Pistorius u otras fuerzas capitalistas, todas las cuales apoyan el curso del rearme y el giro hacia la derecha de una forma u otra. Solo pueden detenerse mediante un movimiento independiente de la clase trabajadora alemana, rusa, ucraniana e internacional contra la guerra y su causa: el sistema de ganancias capitalistas.
El Partido Socialista por la Igualdad (Sozialistische Gleichheitspartei) lucha por esta perspectiva en las elecciones estatales de Berlín del 20 de septiembre. Bajo las consignas “¡Basta ya de dos guerras mundiales!” y “¡Socialismo, no a la guerra!”, se opone a la coalición de guerra de los partidos establecidos y lucha por construir un movimiento socialista internacional de la clase trabajadora contra el militarismo, el fascismo y la guerra.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 8 de septiembre de 2026)
