Ucrania atacó Rusia con más de 1.000 drones durante la noche del sábado, en el mayor bombardeo de San Petersburgo desde la Segunda Guerra Mundial. El ataque, en el que el Ministerio de Defensa ruso contabilizó 1.015 drones en 15 regiones, Crimea y el mar Negro, fue uno de los bombardeos más intensos contra territorio ruso desde que comenzó la guerra.
Estos ataques son financiados directamente por las potencias de la OTAN, que han proporcionado a Ucrania más de 100.000 millones de dólares en armas, y se llevan a cabo utilizando la base de datos de objetivos suministrados directamente por la OTAN.
El ataque más reciente es una respuesta de las potencias de la OTAN a la advertencia que Rusia hizo a los gobiernos europeos el 30 de septiembre: las amenazas a la integridad territorial de Rusia serían respondidas con “todo el arsenal de fuerzas y capacidades a su disposición, incluidas las armas nucleares”.
Ante esta advertencia contundente de que sus acciones corren el riesgo de desencadenar una guerra nuclear, las potencias de la OTAN están intensificando la escalada. El 12 de octubre, el general Alexus Grynkewich, máximo comandante de la OTAN en Europa, amenazó con “destruir” el “sistema bélico” del enemigo, incluido “todo aquello que apoye, sostenga o controle esa fuerza”.
En estas condiciones, los medios estadounidenses e internacionales reconocen cada vez más que la OTAN y Rusia están entrando en una “guerra mundial”. Uno de los ejemplos más destacados es una columna que el Financial Times publicó el sábado con el título “¿Estamos caminando dormidos hacia la Tercera Guerra Mundial?”, escrita por Gideon Rachman, su principal comentarista de asuntos exteriores. El título de su ensayo procede de un libro de 2012 del historiador australiano Christopher Clark, The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914 (Los sonámbulos: cómo Europa fue a la guerra en 1914), que ofrecía una explicación apologética de las políticas del imperialismo alemán y europeo.
Según Clark, la guerra fue el resultado imprevisto de juicios equivocados. Los gobiernos de la época y sus dirigentes no fueron culpables de planear e iniciar una guerra para alcanzar objetivos geopolíticos y económicos. Esta interpretación benigna de la guerra fue especialmente bien recibida por el Gobierno y los medios alemanes, que elogiaron la obra de Clark y lo convirtieron en una celebridad intelectual.
Basándose en la metáfora de Clark, Rachman presenta a las potencias imperialistas como igualmente ignorantes de las consecuencias de sus actos. Escribe: “Las regiones y países que durante décadas dieron por sentada la paz —Europa occidental, Asia oriental, los Estados del golfo Pérsico— ahora deben lidiar con la posibilidad, o la realidad, de la guerra”. Se ha vuelto “habitual”, señala, “que los líderes mundiales especulen públicamente sobre el estallido de una tercera guerra mundial”.
Rachman, citando una frase atribuida a León Trotsky, declara: “Puede que a usted no le interese la guerra, pero a la guerra sí le interesa usted”.
Pero los dirigentes estadounidenses y europeos no son sonámbulos que estén “caminando dormidos” hacia la Tercera Guerra Mundial. Han marchado hacia ella con los ojos abiertos desde la disolución de la Unión Soviética. El primer presidente Bush proclamó un “nuevo orden mundial” en vísperas de la Guerra del golfo Pérsico de 1991. A esa guerra le siguieron la intervención en Somalia, los bombardeos de Bosnia y la guerra contra Serbia de 1999, las invasiones de Afganistán e Irak, la destrucción de Libia, la guerra subsidiaria en Siria y la guerra de Estados Unidos respaldada por Arabia Saudita en Yemen.
Desde 2022, estas guerras se han fusionado en una sola conflagración global. Esta incluye la guerra de Estados Unidos y la OTAN contra Rusia en Ucrania; el genocidio israelí en Gaza, armado y defendido por Washington; el bombardeo de Irán en junio de 2025; y la guerra contra Irán iniciada el 28 de febrero de este año.
El objetivo es volver a repartirse el mundo entre las viejas potencias imperialistas. Este proyecto violento y en curso incluye el desmembramiento del actual Estado ruso, que abriría la vasta masa continental euroasiática a una explotación capitalista sin restricciones. Para los oligarcas del capital financiero, la pérdida de unos cuantos cientos de millones de vidas sería un precio pequeño por semejante botín.
Sin embargo, en el relato de Rachman, el peligro de una guerra mundial surge por completo de las acciones de Rusia y China. En esta narrativa, la amenaza de una “guerra mundial” comienza con la decisión de Putin de febrero de 2022, sin antecedentes históricos. Rachman afirma que se llegó a un punto de inflexión cuando “Putin lanzó su ‘operación militar especial’. Desde entonces, la atmósfera política mundial se ha transformado”.
La invasión rusa de Ucrania no surgió de la nada. Fue una respuesta reaccionaria y desesperada de la oligarquía capitalista rusa a años de provocaciones de la OTAN. La propia dirigencia de la OTAN lo ha reconocido. En una entrevista publicada por The Washington Post en mayo de 2023, el entonces secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, declaró que la guerra “no comenzó en 2022. La guerra comenzó en 2014”.
Stoltenberg continuó: “Y desde entonces, la OTAN ha llevado a cabo el mayor refuerzo de nuestra defensa colectiva desde el final de la Guerra Fría… Hasta 2014, los aliados de la OTAN estaban reduciendo sus presupuestos de defensa. Desde 2014, todos los aliados de Europa y Canadá han aumentado significativamente su gasto en defensa… esta es una enorme transformación de la OTAN que comenzó en 2014”.
En 2014, Estados Unidos financió, armó y respaldó el golpe que derrocó al Gobierno prorruso del presidente ucraniano Viktor Yanukóvich e instaló al actual régimen, una dictadura que gobierna bajo la ley marcial. Desde entonces, Estados Unidos y la OTAN, como explicó Stoltenberg, aumentaron masivamente el envío de dinero y armas a Ucrania, convirtiéndola en un Estado de primera línea para la guerra contra Rusia.
Pero el golpe de Maidán fue, a su vez, resultado de décadas de política imperialista que habían extendido los límites de la alianza de la OTAN hasta la puerta de Rusia.
Rachman acierta al situar la fuerza impulsora del estallido de la guerra mundial en “un cambio en el equilibrio mundial de poder”. Señala que “en 1989, el año de la caída del Muro de Berlín, los países del G7 —Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Canadá y Japón— representaban alrededor de dos tercios de la producción económica mundial… Para 2022, el G7 representaba aproximadamente el 43 por ciento del PIB mundial”.
Según Rachman, este cambio está “alentando a las potencias revisionistas a desafiar el dominio mundial de Estados Unidos y sus aliados”. La participación de China en la producción mundial aumentó de menos del 2 por ciento en 1989 a alrededor del 17 por ciento en 2024, según cifras del Banco Mundial.
Sin embargo, señala Rachman, para 2022 el G7 todavía representaba “alrededor de la mitad del gasto militar mundial”. Las viejas potencias imperialistas conservan una superioridad militar que ya no poseen en el terreno económico. Son ellas, no China, las que han pasado los últimos 35 años en guerra, intentando revertir por la fuerza lo que están perdiendo en la economía mundial.
El elemento más absurdo de la columna de Rachman es su intento de culpar a la oposición popular a la guerra por el resurgimiento de la guerra mundial. Escribe que “el crecimiento de la oposición a la guerra en Estados Unidos” ha “creado una oportunidad para las potencias revisionistas”, que el presidente estadounidense Donald Trump “se siente claramente atraído por la idea de que Estados Unidos debería retirarse de sus compromisos de seguridad con sus aliados” y que “el mayor riesgo de una tercera guerra mundial podría residir precisamente en esa incertidumbre”.
Acosadas por una crisis capitalista omnipresente y por el crecimiento de la oposición de la clase obrera, las potencias imperialistas buscan en la guerra una salida a sus problemas. La erupción mundial de la guerra imperialista no hace más que intensificar la lucha de clases y la crisis capitalista. Está empujando a los trabajadores y a los jóvenes a la lucha en todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Francia, donde esta semana estudiantes y trabajadores llenaron las calles contra un Gobierno que dispone de miles de millones para el rearme, pero nada para las necesidades sociales.
La clase obrera y la juventud deben rechazar y combatir el insensato militarismo imperialista que está instigando el conflicto mundial y amenazando a la humanidad con una conflagración nuclear.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 19/10/2026)
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